Posiblemente este post no se diferencie mucho de lo que podríamos encontrar en el diario de una quinceañera, pero acabo de llegar a casa y me apetecía poner por escrito las cafradas que me han pasado hoy. Ya lo siento, pero esto es así.
Creo que ésta ha sido la noche más rara que he experimentado desde que llegué a este país. Rara de cojones. Allá a las diez de la noche estaba yo tan ricamente en casa, planteándome en qué perder el tiempo, cuando uno de los compis de clase me ha llamado al móvil. Es alemán y muy buen tío, así que no he podido negarme a la invitación de ir a su casa, donde además de él estaba parte de la chavalada con la que suelo tratar desde que estoy aquí.
El plan era estar un rato ahí, y luego pasarse por Christiania, la famosa Ciudad Libre de Christiania, un barrio más o menos autogobernado al margen de las autoridades de Copenhague, muy «flower power» en planteamiento pero que en la práctica está lleno de drogatas y gentes de dudoso provenir. No obstante, pese a que el producto autóctono es de no tocar ni con un palo en la mayoría de los casos, sí que suele crearse muy buen ambiente por las noches, con conciertos por las calles, mucha gente joven y muy buen rollo.
El tema es que no sé qué coño pasaba hoy, pero el buen ambiente había desaparecido y aquello estaba lleno de yonkis tirados por los bancos. Se me ha grabado la imagen de uno de los bares, donde en la “terraza” había una especie de familia reunida en torno a una mesa, con gente de todas la edades fumando porros como animales y bebiendo cervezas como cosacos, unos metros más allá una asiática de unos 50 años tirada y berreando con una botella en la mano, un par de grupúsculos de fumadores de crack por aquí, unos tíos jugando a una especie de ajedrez por allá, y nosotros en medio con cara de “Qué cojones estamos haciendo aquí”.
Pero como suele pasar, mover a la manada es duro, y hemos estado cosa de una hora sin saber muy bien qué hacer y tratando de decidir adónde ir. Por la zona había algún local que parecía medianamente interesante, pero teníamos que pagar para entrar, y no nos sentíamos tan motivados. Por suerte habíamos llegado hasta ahí en bici, así que no nos costaba nada ir a otro lugar.
Hago un inciso para explicar de dónde he sacado la bici: cuando salíamos de casa del alemán, me encontré con que todos los demás llevaban bici. “Estoy jodido”, pensé, pero por suerte, uno de los chicos españoles con los que trato se dio cuenta de que justo al lado del resto de las bicis había una hecha bastante polvo, pero que estaba sin atar. La rueda de atrás estaba petada, el asiento hecho una mierda, pero no parecía tener dueño y me sacaba del apuro, así que me la llevé de paseo. Ahora, al final de la noche, la he dejado sin atar apoyada contra una pared; que el ciclo siga en marcha, y si alguien la necesita que se la lleve.
Volviendo a Christiania, acabábamos de decidir ir a la zona de Nørreport, donde hay algún bar majete. El trayecto no iba nada mal hasta que UN PUTO TAXI ME HA ATROPELLADO en un momento en el que me he quedado descolgado del resto de gente. Ha sido culpa mía, porque he creído que estaba en verde para mí y se acababa de poner en verde para él, pero también es cierto que el cabrón iba mirando a las avutardas para no darse cuenta de que estaba yo cruzando, y tener el detalle de frenar antes de embestirme por el lado.
El tío no iba demasiado rápido, y yo he sido listo como un roboc y he levantado la pierna cuando he visto que la cosa se ponía fea, así que el leñazo se lo ha llevado la bici. Yo me la he pegado contra el capó como un verdadero especialista y me he dado el planchazo del siglo contra el suelo, pero por suerte ?y es una de las ventajas de que aquí siempre haga frío?, iba con quince capas de ropa, guantes y demás, así que no me he hecho ni un rasguño. Me he levantado presto cual soldado espartano, y me he apartado a la acera rápidamente para evitar más accidentes. Le he hecho gestos de “Todo está bien, amigo” al taxista, y he seguido mi trayecto.
Curiosamente, cuando he visto que el cabrón no frenaba y que me la iba a pegar, lo primero en lo que he pensado ha sido “Vaya mierda, y encima voy sin luz”. Y es que, queridos amigos, aquí es obligatorio ir con luz por la noche, y en caso contrario te pueden clavar una multa de 500 coronas (70?). No es obligatorio llevar casco, y ni siquiera los motoristas lo llevan, pero cuidado no te pillen sin luz en la bici, porque te hacen un hijo de madera.
La mayoría de las bicicletas aquí sólo tienen manilla para el freno delantero. Para frenar la rueda de atrás hay que pedalear hacia atrás, lo que es una mierda como un pantano. El invento no sólo tiene la velocidad de respuesta de un jodido petrolero, sino que te fastidia el 90% de los arranques, porque no hay manera de cambiar la posición de los pedales para empezar a pedalear, y arrancar con los pedales en una posición a la que no estás acostumbrado es un asco. Intentad arrancar con las bielas en vertical, en vez de la posición lógica, prácticamente horizontal; es un asco, ya lo digo yo.
Total, que si la bici era una mierda de por sí, tanto por su asqueroso sistema de frenado como por su mal estado natural, con el ostiazo ha acabado hecha un cromo.
Después de eso, una vez llegados a Nørreport, hemos visto una fiesta en un local a través del escaparate. Ese puto sitio estaba lleno de «Hans» ?es decir, el típico estereotipo de diseñador nórdico con el pelo rapado, gafas de pasta y jersey de lana?, pero el resto de gente estaba interesada en entrar. Como no perdíamos nada preguntamos a un tiparraco que estaba entrando, y nos dijo que era un cumpleaños, y que podíamos entrar. Y allá que entramos.
El lugar era una peluquería, así que había productos para el pelo en cada jodida balda. Todavía no entiendo qué hacíamos ahí, porque no conocíamos a absolutamente nadie, absolutamente nadie nos conocía, y el ambiente estaba tan enrarecido o más que en Christiania. Entre otras cosas todos tenían entre 25 y 40 años, y me dio la sensación de que todos llevaban unos pelotazos del copón. Y cuando digo pelotazos, me refiero a pelotazos de todo lo malo.
Por suerte no tuve que insistir mucho para salir de semejante lugar, y luego poca cosa más hicimos. Es sorprendente lo de esta ciudad, porque hay días en los que no hay absolutamente nadie por las calles, y otros en los que hay un ambiente tremendo. La putada es que no sé qué patrón sigue eso, así que a veces sales con ganas de pasarlo bien y no hay ni Cristo, y otras veces en las que te quedas en casa en plan hikikomori está media Dinamarca de farra.
También es cierto que hoy llovía que daba gusto, pero eso es normal aquí, así que imagino deberé seguir investigando de qué depende que esta gente se vaya de bares.
Posiblemente mañana me duela todo el cuerpo con la furia de mil soles, pero ha sido divertido. Je.
Como mis hamijos más cercanos saben ?y supongo que el resto de lectores intuyen?, voy a pasar un tiempecito en Copenhague, gracias al programa Erasmus y tal. Me hubiera gustado haber empezado a relatar mi experiencia desde el día que llegué, pero como buen hijo de la LOGSE, voy a empezar un mes más tarde.
Llegué aquí el 28 de agosto, hace exactamente un mes. Volé desde Madrid hasta el aeropuerto de Copenhague con Spanair, por unos 80 euros ?aunque me podría haber costado la mitad si hubiera aterrizado en Malmö, la ciudad sueca que está al otro lado del estrecho de Oresund?, y tardé unas tres horitas. Es sorprendente, porque eso es BASTANTE menos que lo que me cuesta ir desde Barcelona hasta Huesca en autobús, o desde Madrid hasta Barcelona en tren ?y no es mucho más caro que este último caso.
Llegué completamente acojonado, porque ni había estado nunca en la ciudad, ni conocía a nadie. No tuve mucho problema para recoger las maletas, porque como cualquier aeropuerto que se precie, el de Copenhague tiene los carteles también en inglés, pero el temor de haberlas perdido me acompañó hasta que las tuve en mis manos.
Se fue el temor, pero llegó el dolor, porque cargar con cuarenta kilos de maletas no resulta nada cómodo, por muchas ruedecitas que tengan. Hablando de maletas, es repugnante el sablazo que te meten por cada kilo extra que llevas. Yo traía 42, es decir, 22 kilos más de los permitidos por persona, pero tuve la suerte de que la chica del check-in sólo marcó como añadidos 10 kilos, y sólo tuve que pagar 50 eurazos extra. Si llega a tener mal día y me marca los 22, me hubiera salido más barato comprar dos billetes… y encima hubiera ido bastante más cómodo. Cabrones peseteros…
En fin, con mis dos maletacas y la mochila me planté en el recibidor principal del aeropuerto. Eso estaba lleno de gente hablando un idioma que no había por dónde coger, así que me dirigí directo hacia el puesto de venta de billetes de tren, para llegar al centro de la ciudad. No tenía muchas ganas de enfrentarme a nadie humano así que eché un ojo a las máquinas expendedoras. Las instrucciones estaban en danés y en inglés ?”bingo”, pensé?, y sólo aceptaban monedas y tarjetas de crédito, así que decidí pagar el billete con tarjeta. Seleccioné el billete que intuí que debía comprar, metí la tarjeta, y… “Tag kort“
¿Comorl? Se habían tomado la molestia de poner las instrucciones en los dos idiomas, pero la puñetera pantallita LCD sobre el lector de tarjetas seguía en perfecto danés.
“No me jodas, no me jodas”. Sacaba la tarjeta. La metía. La volvía a sacar. Y eso no tiraba ni para alante ni para atrás. Por suerte, al cabo de cuatro o cinco intentos una danesa que estaba detrás mío me dijo “Saca la tarjeta ahora”, la saqué, y cambió el texto de la pantallita.
“Pon el PIN ahora”. (”Ahhh joder, así funciona”). Introduje el PIN, y todo fue como la seda. Y es curioso, porque aquí la inmensa mayoría de los sitios donde puedes usar tarjeta funcionan así. Metes la tarjeta, la sacas, y entonces es cuando metes el PIN. Eso sí, en todas partes está en danés, así que si no tienes la suerte de que alguien te lo explique te puedes pasar puteado un mes, porque esos cacharros de intuitivos no tienen nada.
Con el billete en la mano, y el orgullo herido me dirigí a los andenes. Por suerte estaba todo perfectamente indicado, y sabías exactamente qué tren tenías que coger gracias a unas pantallas que indicaban dónde paraba el siguiente ?y cuándo iba a llegar, etc. Creo que es la ciudad en la que menos me está costando moverme, porque todas estas cosas están muy bien señalizadas. No hay cosa que me ponga más nervioso que no saber si el tren que va a llegar es el que tengo que coger, o por el contrario me va a mandar a casa Dios, y en Barcelona lo paso bastante mal. Aquí puedes llegar a los sitios sin sentirte perdido, porque usan la puta cabeza para hacer los carteles. Eso sí, cuando hablan por la megafonía no me entero de absolutamente nada, pero en esos casos miro al resto de la gente, y si ellos se mueven, yo voy tras ellos, que por algo será.
Con el tren llegué hasta Nørreport, una estación tanto de tren como de metro y autobús, muy céntrica y la más transitada de Dinamarca. Paso por ella todos los días para ir a la universidad, pero aun llegando de nuevas es bastante complicado perderse. Una vez ahí, cogí el metro y me planté en Frederiksberg, el barrio donde está mi casa. Y ahí no tuve problema para reunirme con la dueña del piso, que me enseñó el resto del lugar.
Lo del metro de Copenhague es bastante curioso. Sólo tiene dos líneas, y más de la mitad del recorrido lo hacen en los mismos túneles. Pero es tremendamente moderno.
Entró en funcionamiento en 2002, y los trenes no llevan conductor; en lugar de la cabina hay un ventanal tanto delante como detrás que permite ver el túnel, que está perfectamente iluminado. Resulta muy espectacular ir delante, viendo pasar las luces a toda leche, acercándose a las curvas y todo eso. De vez en cuando hay algún retraso, pero la inmensa mayoría de las veces no he tenido que esperar más de dos minutos en la estación. Son trenes chiquititos, pero funcionan de lujo.
Los primeros días me resulto sospechoso que no hubiera que pagar para utilizarlo. Llegué a la ciudad con la idea de que el transporte era caro de cojones, y de hecho llevaba desde España la Copenhagen Card ?que me dio un amigo?, un bono de 24 horas que en vez de llevar la fecha impresa, se la pones tú con un boli ?y donde hay tinta, hay quitaesmaltes para eliminarla día tras día? pero yo llegaba desde la calle y me plantaba dentro de los trenes sin encomendarme a nadie. Poco después descubrí que no sólo había que, obviamente, pagar, sino que si te pillaban sin billete te crujían con una multa de 500 coronas (unos 70?). De este modo, no había vallas, y te podías colar hasta la cocina sin pagar… siempre que no te pillaran, claro.
Por suerte no me crucé con ningún revisor, y ahora suelo utilizar la Copenhagen Card, hasta que me agencie una bicicleta. Yendo de normal, un billete suelto cuesta unos 3 euros y un bono de 10 viajes, unos 16. Además, de noche hay que picar dos veces, así que el sablazo es doble. Cosas de los países civilizados, qué se le va a hacer.
Volviendo al primer día, esa misma tarde Maite ?la chica que me alquila la habitación? me enseñó un par de supermercados en la zona, e hice mi primera compra… pero ese tema también tiene narices, así que lo reservo para más adelante.
Hespero ke os resulte hinteresante, hamijos.
Por cierto, estos días estoy tuneando bastantes posts antiguos para adecuarlos a la plantilla nueva, así que es más que probable que si usáis lectores de feeds como Bloglines y tal se os marquen como nuevos. Disculpadme, no tengo ninguna intención de sacaros de quicio premeditadamente :/
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